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Todos meten miedo

El miedo es cada vez más democrático.

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El miedo es cada vez más democrático. Inyectarlo a presión como herramienta de persuasión es pan de cada día, tentación a la mano de cualquiera, sobre todo si tiene un puñado de seguidores en redes. No es algo nuevo, ni mucho menos, pero gracias a las redes sociales es cada vez más fácil y efectivo. Que lo diga Donald Trump. Lo tiene claro Frank Underwood.
Esta arma no solo la utilizan quienes quieren llegar a un cargo de elección popular, también aquellos que buscan impulsar una causa. Cualquiera: desde la oposición a la adopción por parte de parejas del mismo sexo, hasta la posibilidad de que se haga minería responsable en una región. Estamos ante una conducta cada vez más independiente de la orientación política. Y, sobre todo, llama la atención que quienes la condenan en un contexto, no dudan en recurrir a ella en otros.
Así, quienes reprochan con muy buenos argumentos las constantes mentiras de Trump en un frente, en el otro, vía Twitter, por lo general, siembran el terror dibujando la hecatombe que traería la troncal de Transmilenio por la Séptima. Hablan, sin rubor, de ‘trancones hasta Tunja’. Como si el desastre actual tuviera mayor margen de empeorar.
Otros se rasgan las vestiduras –y con razón, por lo general– frente a la manera como el Centro Democrático echa a andar verdades a medias sobre la economía y dibuja escenarios sombríos de cara al futuro. Pero son los mismos que no tienen problema en jugarse la carta del fatalismo cada vez que ocurre un desastre natural.
Esto último merece mención aparte. Y es que cada vez más opinadores reconocidos en otros campos, por su ponderación, pierden los estribos en el terreno ambiental y mutan a heraldos de cataclismos varios. Lo vimos con el huracán Irma. Posturas con aire de regodeo, que recuerdan a un comentarista de partidos de la selección y sus célebres “lo veníamos diciendo compañero”. Facturas radicadas en forma de afirmaciones como “ahí tienen, negacionistas, tomen para que lleven, ya no hay nada que hacer, el caos se avecina, recomendamos confesarse”. Estas predominan sobre otras más sensatas, pero menos virales que invitan a aceptar la nueva realidad y adaptarse a ella, algo perfectamente factible. Y sin pasar cuentas de cobro, sin repartir culpas, sin anunciar apocalipsis para, de paso, posar como salvadores de ocasión.
Tal vez el mensaje del papa Francisco puede interpretarse a la luz de esta realidad. Lo verdaderamente revolucionario hoy, más que demostrar que Marx vive, es no ser receptores pasivos de ese miedo que por todas partes nos tratan de embutir. Parar, respirar y examinar qué agenda hay detrás del trino atemorizante antes de retuitear.
No hay duda de que muchas cosas están mal, comenzando por lo ambiental, siguiendo con la economía, ni hablar de Millonarios. Pero hay que saber que muchos, inyección de miedo paralizante mediante, quieren perpetuar el círculo vicioso.
Federico Arango Cammaert
Subeditor de Opinión de El Tiempo
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