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El nombre de las cosas

Es necesario recuperar la argumentación persuasiva y desvirtuar los monólogos radicales o manipuladores.

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Edgar Allan Poe se hizo famoso por sus cuentos de terror. Pero hay uno diferente que me llamó la atención: El poder de las palabras. Se trata de una conversación de dos ángeles acerca del conocimiento y la felicidad. Oinos, el joven, intrigado, pregunta sobre el tema. Agathos, el mayor, le responde: “Ah! La felicidad no está en el conocimiento, sino en la adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio”. Mejor dicho, el placer no está en la sabiduría, sino en el aprendizaje. Y luego se preguntan por el poder físico, material, de las palabras. Y Agathos cuenta cómo las frases apasionadas que le dedicó a su amada hace tres siglos crearon la estrella que contemplaban en ese momento. La fuerza de sus palabras transformó la realidad.
De manera literaria Allan Poe plantea la discusión que ha ocupado a muchos filósofos: ¿nuestras ideas y conceptos tienen sustento objetivo en la realidad?, o son expresiones vacías y convencionales, que a la postre no modifican lo que acontece. Así fueron las disputas de Anselmo de Canterbury y los llamados nominalistas, como Guillermo de Ockham, a comienzos del segundo milenio de la era cristiana.
Sería genial poder desempolvar ese debate y controvertir hoy la cultura de los enunciados efímeros, de los titulares, de los discursos meramente simbólicos, de las frases simplistas o agresivas, de aquellos likes y twitters que son utilizados como una forma de eludir la discusión razonada.
Hoy, somos testigos de una erosión del lenguaje, donde las palabras ya no valen por su peso, donde la retórica política y mediática perdieron contacto con el verdadero significado de las cosas. Palabras como democracia, paz, constitución, ley o norma, contrato y obligación, generan sospecha frente a quien las enuncia. Hemos destruido el valor de las palabras y, de paso, el de las instituciones.
Si las palabras se tomaran por lo que son, deberíamos tener campañas electorales cortas, no habría que autenticar documentos, controlar a los que controlan, ni discutir acerca de la posverdad.
La erosión del lenguaje ha multiplicado la duda acerca del carácter genuino de los argumentos de quien opina o actúa políticamente. El círculo vicioso de la desvalorización de las palabras y su significado, lo cierra la radicalización de los discursos y las posturas que vemos en los principales debates en Estados Unidos, Venezuela o Colombia.
Es cierto que la mayoría de nosotros tiende a evitar las ideas con las que no estamos de acuerdo. Y si nos confrontan con ellas, nos aferramos más a las nuestras. “Los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo” (Hall & Hanson,1989). Nos cuesta escuchar y valorar los argumentos con sensatez, para luego reaccionar con razones, no con las vísceras.
Por esa razón, las contradicciones políticas se deben resolver a partir de cambios de creencias y acciones. Es decir, hay que modificar los conceptos para modificar el comportamiento. Es necesario recuperar la argumentación persuasiva y desvirtuar los monólogos radicales o manipuladores; reivindicar el verdadero nombre de las cosas y el valor intrínseco de las palabras. De lo contrario, se impondrá la ley de la fuerza, quien haga más ruido, o la simple mayoría que arrasa con los argumentos legítimos de las minorías.
Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
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