El mundo es pequeño pero sus fronteras infinitas. Antes de terminar el año visité Buenos Aires y me di una pasada por El Ateneo, esa bella librería de la calle Santa Fe, alojada en un antiguo teatro de principios del siglo pasado. Sin proponérmelo topé con un libro que me transportó al África Occidental y a la epopeya para salvar los manuscritos de Tombuctú.
Los Contrabandistas de Libros (2016), de Joshua Hammer, cuenta la forma como Abdelkader Haidara logra rescatar una parte importante de cerca de 370.000 textos que recogían los saberes cultivados por los árabes durante más de cinco siglos sobre ciencias, matemáticas, filosofía, textos clásicos, poemas y hasta manuales para mejorar el desempeño sexual. El tesoro guardado en Tombuctú, fue puesto en riesgo de desaparecer a manos de fanáticos musulmanes que conquistaron el norte de Mali en 2012.
La historia es apasionante. Conocer sobre la riqueza de la cultura árabe reunida cerca del Sahara me deslumbró. Algo había escuchado de filósofos como Avicena y Averroes y sus textos divulgados en occidente a comienzos del primer milenio de la era cristiana. Pero fue un descubrimiento saber acerca del renacimiento intelectual en el siglo XVI, en buena parte gracias a los textos de Ibn Battuta, quizás el viajero más importante del mundo medieval, y Leon el Africano, quien se dedicó a escribir mientras estaba preso por órdenes del Papa de Roma.
Los historiadores y filósofos europeos afirmaban que los africanos negros eran iletrados y sin historia alguna. Pero poco a poco se fueron descubriendo los manuscritos de Tombuctú y así se puso en evidencia que se trataba de una sociedad sofisticada y librepensadora, mientras gran parte de Europa seguía inmersa en la Edad Media.
Durante años los propietarios de los manuscritos los escondieron en agujeros en el suelo, en armarios ocultos o en lugares indescifrables, por el temor a que fueran saqueados o destruidos. Gracias a personajes como Haidara el mundo conserva hoy ese conocimiento del cual yo poco sabía antes de pasar por El Ateneo.
Fue un descubrimiento enorme. Puso en evidencia mi ignorancia sobre el particular, pero también fue una coincidencia feliz que demuestra la inmensidad del saber, la profundidad de las tradiciones, el alcance ilimitado del conocimiento.
Me hizo recordar una conversación de hace años con Gonzalo Mallarino Botero, escritor y publicista, en su discreto apartamento de la calle 85, en la que nos contaba a un pequeño grupo la forma como llegó a conocer a profundidad la literatura inglesa y francesa, y muchos lugares de Europa, aún sin haberlos visitado, gracias a los libros.
Las fronteras físicas y culturales son ficticias, arbitrarias; son una manifestación de la limitación humana que necesita fragmentar y dividir la realidad para poder abarcarla, para controlarla.
Si tuviera que defender una postura intelectual, sería la sensibilidad por lo nuevo, la apertura a lo diverso, el anhelo y respeto por el conocimiento, el valor de mantener siempre un ramo de preguntas a la mano.
Jaime Bermúdez
Excanciller