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Mister Sandman

Cada noche, antes de dormir, ruego para que el arenero bueno llegue a mi cama y esparza un poco de su polvo mágico sobre mis ojos.

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En el norte de Europa, existe una leyenda acerca de un arenero que en las noches entra a la habitación cuando las personas duermen y, para desearles dulces sueños, les echa una arenilla mágica en los ojos. A mediados del siglo XIX, Hans Christian Andersen, escribió un cuento sobre el tema, Ole Lukoje (arenero en danés), que ayudó a que la historia se extendiera por otros continentes.
En 1954, Pat Ballard compuso una canción llamada Mister Sandman, que fue interpretada ese mismo año por el cuarteto femenino The Chordettes, y alcanzó el primer puesto en las listas de discos más vendidos. La canción hizo parte de películas como Back to the Future y Halloween. La letra hace alusión, precisamente, al personaje que nos trae buenos y dulces sueños.
Sin embargo, no todos los areneros traen paz al dormir. E. T. A. Hoffman escribió El Hombre de Arena en 1817, que sirvió de inspiración a la ópera de Offenbach. El cuento se refiere a las pesadillas infantiles que nos siguen acompañando de adultos. Hoffman era genial: escritor, jurista, caricaturista, pintor, cantante y compositor. Pero su relato nos habla de las angustias oníricas que parecen confundirse con la realidad.
Cada noche, antes de dormir, ruego para que el arenero bueno llegue a mi cama y esparza un poco de su polvo mágico sobre mis ojos, para soñar con un mundo amable, una vida tranquila, el bienestar de los que me rodean y quiero. Pero, cada mañana, cuando me levanto y veo en mi celular las primeras noticias del día, es como si hubiera llegado el arenero de Hoffman, el de las pesadillas y los horrores.
Y comienzo el día preguntándome: ¿por qué ocurren atrocidades como las de Yuliana o Sarita? ¿Por qué matan inocentes en Siria? ¿Por qué en La Guajira mueren niños de hambre, mientras unos pocos se enriquecen con Odebrecht y Reficar? ¿Por qué tragedias como las de Mocoa y Manizales?
Los que creen en un Dios omnipresente dirán que todo sucede por un bien mayor, la purificación de las almas. Y que los hombres somos libres de hacer el mal. En los casos en que no media la voluntad humana, dirán que una enfermedad es el purgatorio en la tierra para los que la sufren. Los desastres naturales hacen parte de las razones indescifrables del creador.
Muchos consideran que todo sucede por alguna razón. Las religiones enseñan que Dios planea todo, envía mensajes, premia a los buenos y castiga a los malos. Sin embargo, muchos ateos creen también que las cosas pasan por algo; por el destino o por un orden causal. Nada pasa por accidente.
Yo creo, por el contrario, que el mundo está lleno de accidentes. Y que hay muchas cosas sin sentido. No creo en el destino. Creo en la causalidad, pero no predeterminada, en la cual hay lugar al azar. No hay que buscarle explicación a todo lo que acontece, y no veo por qué las posibles explicaciones deban ser lineales. La existencia del llamado mal no tiene lugar por una razón final. La existencia del bien tampoco. Creo en la constante lucha entre el arenero bueno y el malo. Aunque sueño con que triunfe el bueno.
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