Desde las últimas décadas del siglo XX, y con mayor intensidad en las que han corrido del siglo XXI, la vida de las personas, se ha transformado en todos los ámbitos, producto de los múltiples y profundos cambios que se siguen introduciendo por la revolución tecnológica en la era digital.
Esto configura inéditas demandas en las relaciones de los seres humanos frente a las nuevas realidades, con impactos culturales, sociales y familiares.
Evidentemente, la tecnología de la cuarta revolución industrial, es una herramienta potente de desarrollo; su veloz avance, su constante evolución y el proceso de integración a las actividades relacionadas con el ser humano, nos convocan a incorporarla a nuestras vidas. No obstante, debemos prepararnos dentro de las empresas y las familias, para ese proceso de incorporación, pues existe una brecha digital relacionada con el ciclo de vida del ser humano.
De acuerdo con los documentos de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (Ginebra 2003, Túnez 2005):
Un concepto amplio de “brecha digital no solo involucra el acceso a estas tecnologías sino también el uso que se les da de manera que éstas puedan impactar positivamente en nuestras vidas. El acceso y uso a las tecnologías digitales supone, a su vez, tres condiciones: la existencia y disponibilidad de infraestructura de telecomunicaciones y redes; la accesibilidad a los servicios que ofrece la tecnología; y las habilidades que permiten hacer uso de la tecnología”.
En tal sentido, las nuevas realidades tecnológicas en las dinámicas familiares, no solo están marcadas por la ‘invasión’ de diversos dispositivos tecnológicos, que en gran medida influyen en las relaciones de los miembros de la familia, sino que existe una brecha digital entre los diferentes miembros de las familias, relacionada con los diferentes niveles de destreza de cada uno, para manejar las nuevas tecnologías.
La comprensión y la apropiación que tienen los más jóvenes de la tecnología, frente al mediano conocimiento de los padres o mayores en su uso y amplitud de posibilidades, es un desafió de las relaciones dentro de las familias.
Si bien las estadísticas mundiales y nuestra realidad cercana evidencian que cada vez son más las personas que acceden con mayor facilidad a los diversos dispositivos móviles inteligentes, también es cierto que, para las personas quienes en la infancia no contamos con estos recursos, es difícil acoplarnos a los diferentes niveles de usos y amplitud de posibilidades en la innovación digital.
Por ello tenemos dentro de las diferentes organizaciones el reto de desarrollar estrategias para lograr el empoderamiento de los adultos en el uso y apropiación de la tecnología, promoviendo la realización de actividades cotidianas que contribuyan también al mejoramiento de la calidad de vida a nivel personal, organizacional y familiar.
De igual manera, en los entornos laborales la situación no es diferente pues también se experimentan grandes cambios.
Estamos ante una nueva segmentación entre quienes manejan las tecnologías de la información y las comunicaciones con acceso a ellas, y quienes no: a los primeros, esto les representará más y mejores oportunidades o privilegios, mientras que a los segundos les representa limitación en el acceso a oportunidades, acrecentando la brecha digital.
Así mismo, esta realidad propicia otros escenarios, como el divorcio entre la vida familiar y la vida laboral, afectando notoriamente el bienestar individual y colectivo de todos en el desarrollo de las relaciones. Y es justo en esta confluencia donde cobran relevante importancia los esfuerzos de cada vez más empresas colombianas por conciliar o integrar la vida laboral, con la vida familiar de sus trabajadores, a través de la tecnología, como un mecanismo para asegurar el bienestar y el equilibrio de las personas, el incremento del compromiso, la motivación, la productividad y una comunidad más justa y equitativa.
Una de las transformaciones más significativas en este campo, asociada a las tecnologías de la información y las comunicaciones es el teletrabajo, cuya definición vale la pena recordar de la mano de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que la precisa como: “Una forma de trabajo en la cual: a) el mismo se realiza en una ubicación alejada de una oficina central o instalaciones de producción, separando así al trabajador del contacto personal con colegas de trabajo que estén en esa oficina y, b) la nueva tecnología hace posible esta separación facilitando la comunicación”. (Citado en Vittorio Di Martino, 2004).
Y tras la modificación del paradigma laboral tradicional, los países del mundo incorporan estructuralmente las nuevas condiciones con lo que propician ambientes y circunstancias diversas para los trabajadores. Y en esta tendencia, Colombia no es la excepción. Desde el 2008, de acuerdo con la Ley 1221, el teletrabajo en nuestro país ha sido definido como:
“Una forma de organización laboral, que consiste en el desempeño de actividades remuneradas o prestación de servicios a terceros utilizando como soporte las tecnologías de la información y comunicación (TIC) para el contacto entre el trabajador y la empresa, sin requerirse la presencia física del trabajador en un sitio especifico de trabajo”. (Artículo 2, Ley 1221 de 2008).
En la actualidad, las posibilidades y cantidades ilimitadas de información que circulan a través del internet y la convergencia de máximas innovaciones hasta la fecha, como la inteligencia artificial (IA), la robótica, el internet de las cosas (IoT), los vehículos autónomos, la impresión 3D, la nanotecnología, la biotecnología, la ciencia de materiales, el almacenamiento de energía y la computación cuántica, entre otras, obliga a las familias y a la sociedad en general a reconsiderar y revisar la manera de asumir las interacciones, desde la educación, el hogar y la formación para el trabajo.
Los cambios y la naciente apropiación de las innovaciones tecnológicas suponen retos importantes que permitan prepararnos para superar el temor de las personas mayores, lograr desarrollar una preparación para afrontar estos cambios y, consolidar adecuada y permanente interacción positiva, en las organizaciones empresariales y familiares.
Elvira Forero
Exdirectora del ICBF