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El último coletazo

Los que observan el panorama aterrados, pueden estar tranquilos. El fenómeno Trump es un estertor. El último ¡hurrá! de un mundo en extinción.

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Es un…, pero es nuestro…, decían los gringos de los dictadores latinoamericanos anticomunistas en tiempos de la Guerra Fría. Palabras más, palabras menos, así perciben simpatizantes reticentes al presidente electo de los Estados Unidos. Y con razón, en el lenguaje y en los actos, su comportamiento hirió la decencia y la estética, y traspasó las fronteras de lo políticamente correcto y hasta las vedadas cavernas del racismo. Muchos, sin embargo, le exaltan como el redentor que encarna la esperanza y que los salvó de las torcidas (crooked) garras de Hillary.
El desenlace, pegados al televisor hasta el final de la noche del martes, fue como presenciar el lento hundimiento del Titanic en vivo. La prensa, las encuestas, las redes sociales, la farándula preveían la victoria de Hillary. Los que disentían, y los hubo, fueron ignorados. No existía vericueto de las enredadas normas electorales de Estados Unidos por donde pudiera colarse Trump. Era algo así como el imposible triunfo ‘Brexit’ o del ‘No’ en el plebiscito. Pero ahí, agazapada, estaba la América profunda.
La literatura sobre estas más que sorprendentes elecciones norteamericanas de 2016 seguirá produciendo textos analíticos por varias generaciones. Ante todo, hablarán sobre la revuelta de la Norteamérica rural y suburbana, la de los trabajadores descendientes de europeos inseguros y amenazados por la globalización. No es casualidad que el republicano Trump haya asegurado la presidencia en la Norteamérica desindustrializada, el cinturón del óxido (rust belt) alrededor de los Grandes Lagos, antes territorio sindicalizado e intocable de los demócratas.
Por otra parte, el sur religioso, republicano desde Reagan, votó sólido por Trump, incluida la Florida, de cuya variedad étnica se esperaba otra cosa. Los estados de las costas, en cambio, desde California hasta Washington y desde Virginia hasta Maine votaron por Hillary. Son internacionales y mejor adaptados a la economía sin proteccionismo como IT, entretenimiento, banca y comercio. Adentro, en la América continental, ese ajuste ha sido más lento y allí resonó el mensaje de una América imaginaria que volvería a ser grande y que rechazaba un establecimiento por que no la representada. Votó con sentimiento, sin filosofía, como el alcalde de Cartagena elegido el año pasado. La coalición de latinos, afrodescendientes y mujeres, todos insultados por Trump, no fue suficiente para contrarrestar la ilusoria visión autárquica, tras de ocho años de libre comercio demócrata.
A don Sancho Jimeno, el defensor de Cartagena en 1697, no le gustaba el cambio. A los partidarios de Trump tampoco. Se han sentido amenazados cultural y económicamente. Incomodos con valores foráneos, ven peligrar su permanencia en la clase media, asediados por la globalización y la inmigración, con su secuela de beneficios gratuitos para los nuevos. El imperfecto Trump, y quién no lo es, prometió redimirlos.
Los que observan el panorama aterrados, pueden estar tranquilos. El fenómeno Trump es un estertor. El último ¡hurrá! de un mundo en extinción. Es como el ocaso de los brahmines bostonianos cuando la primera gran ola de inmigración europea los fue desplazando de su preminencia en la Nueva Inglaterra. Ahora, la demografía de nuevo dicta sus leyes. En menos de una generación, la América profunda será otra, aunque con seguridad apegada siempre a la ética de trabajo yankee y al todavía muy vivo sueño americano.
Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co
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