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Indignados y crispados

Por imperfecto que sea el mercado es mucho mas eficaz para asignar recursos escasos que el burócrata.

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La avalancha de adjetivos para pescar en el malestar ciudadano abruma a los colombianos, tanto como la paz de estos últimos años. Con elecciones ad portas, suenan carillones para seducir incautos. Abundan las promesas de utopía por charlatanes irresponsables.
Se recomienda releer ‘El camino de la servidumbre’ para renovar el sentido común económico con Hayek, un libro que se cubre de polvo en bibliotecas y facultades de economía.
En 1785, el escozor prerrevolucionario se palpaba en las calles de París. El pueblo protestaba y la burguesía montante conspiraba. La Bastilla no daba abasto. Las protestas espontaneas eran fermento diario en las provincias, mientras que el campesinado contestaba la propiedad de la tierra.
Ministros incompetentes y corruptos, collar de diamantes de María Antonieta que arrasa con el prestigio residual de la monarquía, vicios y desigualdades del sistema fiscal y una aristocracia sorda y enquistada es sus privilegios completaban el panorama. Los enciclopedistas socavaban.
Un tufillo prerrevolucionario emana ahora por estas tierras. Arranca en los bits de la web. Surgen profesionales de la indignación. Crispación es sustantivo que se cuela en las conversaciones. Más allá, están el plantón, los mítines y las asonadas. Todo espontaneo, pero con agentes que espontanean.
A falta de respuestas institucionales rápidas y satisfactorias, las gentes bloquean calles y carreteras para exigir derechos reales o percibidos. Desconfiadas de lo policivo y lo judicial, toman la justicia en sus propias manos. Entretanto, maleantes avivatos se apoderan democráticamente del Estado.
Un marco constitucional permisivo da alas a las vías de hecho. Tras esa mampara, bandas criminales invaden, por ejemplo, lotes urbanos con la connivencia de autoridades policivas y judiciales. La delincuencia, como en el París del último Borbón, acosa con astucia en las llamadas pirámides o con pura y descarada violencia. Y es la gente del común la que más sufre, como en la terrible crisis agrícola y la hambruna de 1788 en Francia.
Un siglo antes, un similar derrumbe en la España de don Sancho Jimeno, quien defendió Cartagena con ardentía en 1697, no pasó a mayores. El rey y la religión mantenían la legitimidad. Hoy y aquí, esos diques están cuarteados.
Se puede ignorar el mane, tesel, fares. El rey Baltazar murió de miedo. A Babilonia no le sirvió el agüita bendita del populismo para detener su conquista por Ciro el Grande. Por estos lados, la aristocracia política también parece creer en su inmutabilidad, mientras se despieza en intrigas versallescas, y de eso no están exentos ni siquiera los cultores del paraíso del proletariado. Es increíble que a estas alturas Piedades y Petros todavía ofrezcan Venezuela. La conquista por persas de ideologías obsoletas se puede evitar con crecimiento, y con algo de imponer que el interés público antecede al como voy yo ahí.
Colombia no es caso perdido. Gracias a la bonanza mineroenergética creció por diez años, a pesar de la guerrilla y el gasto militar, a las tasas promedio más altas de la posguerra (5%). Millones salieron de la pobreza, si bien faltan millones más.
Reencontrar la senda sin el boom no es fácil. Pero se podría lograr si se recuerda que por imperfecto que sea el mercado es mucho mas eficaz para asignar recursos escasos que el burócrata. No es necesario ponerle plural a los adverbios, hechas las cuentas el Estado nada crea. Ahí es donde entra Hayek. Ayuda a curar indignación y crispación.
Rodolfo Segovia
Exministro - historiador
rsegovia@sillar.com.co
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