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La majestad de la justicia

Cuando reinaban en España cabezas coronadas, el rey encarnaba y era el dador de justicia.

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Cuando reinaban en España cabezas coronadas, el rey encarnaba y era el dador de justicia. Ese atributo, mas que el reinar por derecho divino, le confería legitimidad. En ello reposaba la unidad de la Monarquía, el conjunto de reinos patrimoniales que iban desde los países Bajos e Italia hasta América y las Filipinas. Ante ese soberano, luz de justicia, se sometía el orgulloso don Sancho Jimeno, héroe de Bocachica cuando el ataque francés de 1697.
El vínculo justicia del rey fue el más difícil de abandonar por los criollos. De ahí la hesitación para desprenderse del monarca al inicio de las revoluciones americanas en 1810. Fernando VII, el Deseado, prisionero en Francia, era también él la encarnación de la equidad antes de regresar a España en 1813. Los hechos apabullaron la realeza y criollos visionarios, inspirados por las ideas de la ilustración, eclipsaron al sol coronado, dador de justicia.
Los criollos tuvieron que imaginarse una nueva majestad que sustituyera al rey. Por fortuna, estaban Montesquieu y las Revoluciones Americana y Francesa para servir de modelo.
Se plasmó la sacralidad democrática de los tres poderes, entre los que sobresalía el judicial, el más estable y de mayor prestigio. Con ese paradigma se redactaron constituciones por todas partes de América.
En la práctica, según y donde en el continente, las constituciones corrieron diversa suerte. El republicanismo hubo de sufrir muchas vejaciones posindependientes. Bolívar mismo estuvo cómodo con la Constitución de Cúcuta de 1821 solo mientras anduvo guerreando en el sur. Curiosamente, el Libertador perdió la pelea porque en la Nueva Granada casi no hubo guerra de Independencia, excepción hecha de realistas acérrimos en Nariño y el Cauca y la heroica resistencia de Cartagena. En la paz relativa sobrevivieron los abogados, quienes hicieron suyo aquello de “… las leyes os darán la libertad”.
En Colombia, letrados gobernando no es una ficción. A pesar de los fusilamientos en Santa Fe y otros lados y de los mártires de Cartagena, los abogados del Rosario mantuvieron un poder, que ya era suyo excepto en los puestos de la administración colonial, como se quejaba Camilo Torres.
Ellos enarbolaron el estandarte de la majestad de la justicia, sobre todas las cosas en el más monárquico de los sentidos. Mientras en la vecina Venezuela, asolada por la Guerra a Muerte, se quedaron casi sin letrados, los triunfadores salidos las filas se hicieron al poder. La majestad de la justicia quedó magullada por mas de cien años. Venezuela aun está sufriendo las consecuencias del mal paso inicial.
La majestad de la justicia en abstracto y de la ley en concreto han hecho parte esencial, en el más monárquico sentido, de la legitimidad republicana desde su incepción. Más aun, es de las pocas cosas que congrega. No se concibe el ser nacional sin el respeto a la ley, así sea para violarla.
Por más absurdos que se perciban los fallos ¡y se ve cada esperpento! y por más que los envuelva en ocasiones el nauseabundo hálito de la corrupción, asusta que algunas voces, aisladas es cierto, propongan desconocer fallos judiciales. Tal actitud sería nefasta y demolería uno de los pilares de la nacionalidad. Ni pensarlo.
Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@sillar.com.co
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