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País de dictadores

La democracia venezolana ha sido flor de un día: 40 años entre la caída de Pérez Jiménez, en 1958, y el ascenso de Chávez, en 1999.

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No es peyorativo, sino a penas una constatación histórica: Venezuela ha sido un país de dictadores. Regla en la hermana república y en Colombia la excepción. La historia metió baza para forjar entornos desde los orígenes de la Colonia y, sobre todo, de la república.
Hasta finales del siglo XVII, Venezuela fue una no-colonia, aún más pobre que la actual Colombia, que ya era de tercera categoría. El panorama cambió con la Compañía Guipuzcoana, un monopolio al que la Corona entregó la explotación de aquel país en el siglo XVIII. Rígidamente administrado, prosperó. El cacao y la caña de azúcar hicieron ricos a los criollos. No eran tantos, pero sí muy ilustrados. Para la época de la Independencia se llamaban Miranda, Bolívar, Bello, Sucre. Excepcional.
Ninguna otra comarca de América soportó guerras tan feroces por libertad: la Guerra a Muerte. Comprometida en ambos bandos, la élite venezolana casi desapareció. Bolívar la reconstituiría haciendo la guerra con lo que daba la tierra. Así surgió Páez. Pero a la hora de nacer como nación independiente escasearon los letrados; ni hacían bulto, ni eran los responsables de la victoria. No se impuso el respeto sacrosanto por la ley. Grave deficiencia.
Colombia tuvo suerte. Con excepción del heroico sacrificio de Cartagena contra Morillo, no tuvo guerra de independencia y mucho menos Guerra a Muerte. Sus mártires se cuentan por centenares, no por miles. La campaña libertadora, que el país se apresta a celebrar en dos años, fue fruto del genio estratégico de Bolívar y de la ejecución por venezolanos y mercenarios extranjeros. Santander y sus guerrillas del Llano eran apenas la vanguardia del ejército en Boyacá. Los letrados se salvaron y, con su verbo, entronizaron la ley.
Coja, Venezuela desembocó en una seguidilla de hombres fuertes y pintorescos, que se derrocaban los unos a los otros, con apenas muy breves respiros democráticos. El más duradero (1908-1935) fue Juan Vicente Gómez, genialmente retratado por Fernando González en Mi compadre. Tachirense e ignorante, como su coterráneo, el dictador actual (de ambos se dice que son colombianos), tuvo la astucia de favorecer la inversión petrolera con el reparto ‘uno pa’ ti y uno pa’ mi’.
La democracia venezolana ha sido flor de un día: los 40 años entre la caída de Pérez Jiménez, en 1958, y el ascenso de Chávez, en 1999. Regada con petróleo, ahora da la pelea contra gorilas y contra una historia de casi 200 años de autoritarismo.
En cambio, qué fácil la ha tenido Colombia, mecida por una democracia que resiste hasta a ‘Nonos’ u obcecados envueltos en coca. Las hipótesis sobre la tradición democrática colombiana son muchas. Don Sancho Jimeno, quien vivió 30 años felizmente casado con una viuda rica, propone la suya. Y, claro, tiene que ver con la hermosa Nicolasa Ibáñez, a quien el abogado, coronel y soltero Francisco de Paula Santander conoció 1815, ya esposa y madre, y la hizo su apasionada amante durante 20 años.
A mitad de un periodo presidencial de Santander (1833-1837), los ‘ministeriales’, un clan liderado por el brillante abogado Ignacio de Márquez, le amargaban la vida. Por esa civilidad de la cachaca Santa Fe, se encontraron en un ágape, mientras don Ignacio rendía excesiva pleitesía a Nicolasa. Furioso y cegado por los celos, el corpulento presidente estuvo a punto de defenestrarlo.
Ignacio de Márquez resultó electo presidente en 1837. Francisco de Paula Santander, el hombre de las leyes, entregó cumplidamente el poder a su rival político y romántico, y consolidó la democracia colombiana.
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