En el aire

Viajar por trabajo es radicalmente distinto a cuando uno lo hace como turista y en familia. No hay m

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Hace algunos meses vi la película Up in the Air, y confieso que me identifico en algo con el personaje central, que encuentra en los viajes de negocios su hogar. No estoy cerca de viajar tanto como George Clooney, y no sueño con tener un millón de millas ni me encuentro fuera de lugar en tierra firme, pero sí tengo que admitir que cuando viajo por motivos laborales, siento que por un rato entro en un espacio alterno y diferente.
Viajar por trabajo es radicalmente distinto a cuando uno lo hace como turista y en familia. No hay maletas, coches, niños que quieren comer, ir al baño o que se sienten mal. Se viaja ligero. No hay que pensar por cuatro, sólo soy yo. Empaco lo que necesito y lo que quiero: computador, Ipod, el libro que no logro leer en casa y revistas que hablan de cosas que me interesan. Una burbuja de egoísmo feliz.
El trabajo fluye a 30 mil pies de altura a la velocidad del avión. No hay distracciones, no hay mejor plan que esa presentación que he postergado durante días y de pronto leer 40 páginas sobre comunicaciones financieras no es mal plan. No existe el ruido de la oficina o de la casa, me conecto a la música que no puedo oír a diario por vivir bajo el dominio de Dora la Exploradora, y todo fluye. Si además estoy en clase ejecutiva, estoy en el cielo. Ni el temor a las turbulencias me quita el placer de estar lejos de todo por unos días.
Vivir por un rato fuera de la rutina me permite tener lapsos ininterrumpidos de trabajo, pero ante todo me deja tomar distancia del día a día. Esos viajes son una oportunidad para recargarme de energía (aunque siempre llego molida), de ver los temas laborales desde otra perspectiva, de conversar con mis colegas y con mis jefes, de conocer otros mundos y de olvidar por un momento la operación logística que se llama familia.
El personaje de Up in the Air termina siendo una caricatura de esto y una total exageración que espero no muchos aspiren ser, pero creo que no soy la única en gozar la oportunidad de un escape, aunque sea corporativo. Tengo la suerte de adorar mi trabajo y de tener una familia maravillosa, pero ser por dos días sólo yo, sin añadidos o tareas domésticas, me parece uno de los grandes beneficios de seguir en el mundo laboral después de ser madre.
Nunca quisiera tener que viajar tres semanas al mes y que la culpa de no estar con mis hijos me carcomiera las entrañas, pero mientras sean cortos no tengo problema en subirme en un avión cada quince días.
Pero como todo en la vida, estos 'escapes' no son gratuitos. Antes de cada viaje se duplican las tareas organizativas y debo dejar una nevera llena, la comida del perro, instrucciones, planes infantiles, un complejo sistema de transporte familiar, plata por si pasa algo, regalos para fiestas infantiles, disfraces para Halloween, y claro, la explicación a mi hija mayor de por qué ella no puede acompañarme en el avión grande esta vez.
Pero vale la pena. En el aire mis neuronas son más ágiles, se desconectan de mi cerebro materno y me dejan ser esa workaholic rehabilitada, que en el fondo sigo siendo.
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