Madres con Ph. D.

Se puede decir que soy la prueba de que contratar a una mujer en edad fértil es un riesgo para una e

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Supongamos que usted hoy está entrevistando a un hombre y a una mujer para el mismo puesto. Ambos presentan hojas de vida comparables y tienen entre 25 y 30 años. ¿Me equivoco si en el caso de la mujer usted pensará rápidamente en la variable de una posible maternidad y los costos y posibles riesgos que podrá tener para su empresa, mientras en el caso del hombre no? No hay que avergonzarse de hacerlo.
Pareciera una obvia ventaja comparativa a favor del hombre. Pero yo creo que hay que ver la maternidad no como un riesgo a la inversión que una compañía hace en su empleado, sino como un potencial beneficio.
Me explico. Hace tres años creí que tener un hijo no cambiaría en nada mi carrera y que seguiría creciendo profesionalmente sin ningún contratiempo. De pronto, ingenuamente, me vi delante de un cambio de vida tan radical que no supe qué hacer.
Por un tiempo seguí trabajando, como si nada, pero cuando tuve un segundo hijo ahí sí que se cayó la casa de naipes que había construido. Sentí que mi deseo de tener una carrera chocaba profundamente con la necesidad de estar presente para mis dos pequeños bebés. Tuve una crisis, me retiré del trabajo y regresé después de tres meses en un modelo laboral flexible.
Leyendo esto se puede decir que soy la prueba de que contratar a una mujer en edad fértil es un riesgo para una empresa que finalmente ha invertido años en entrenarme y formarme. Pero no, es todo lo contrario. Hoy, estoy convencida de que soy un aporte mucho mayor y mejor para mi empleador.
La maternidad me mostró tres cosas: ya no soy quien era antes, no estoy en control y nada es predecible. Pero eso es bueno. Estas enseñanzas me han dejado ver mi trabajo y mi interacción con mis colegas y clientes de otra manera.
Hoy, gracias a dos bebés muy tercos, soy mucho más paciente, he aprendido a explicar cosas muchas veces, veo el real beneficio de contar con equipos, de formar a otros, pero, ante todo, de dejar de juzgar tanto y de tener más comprensión por los demás. Mi perfeccionismo y ambición prematernidad no me permitía ver más allá de las deficiencias de los demás. El deseo de estar con mis hijos me ha vuelto también más eficiente, y hoy en día, no desperdicio tiempo, ya que es la moneda más valiosa en la vida de una madre.
Actualmente, soy mucho más analítica y menos emotiva e impulsiva, lo que también me ha permitido mirar mi carrera desde una perspectiva menos competitiva, pero de mayor proyección a largo plazo.
 Sé que para un empleador es difícil pensar en esto y no en los permisos, las licencias y el supuesto descenso en eficiencia de una madre al contratar una mujer, pero creo que si a esto se suma que somos por lo general mejores trabajadoras que los hombres, esto se vuelve una ventaja comparativa adicional que tenemos las mujeres en el mercado laboral de hoy, que requiere, no sólo inteligencia cerebral, sino cada día más la variable emocional. Es ahí donde una madre tiene un Ph. D., que un hombre no puede alcanzar.
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