¿Qué nos pasa? preguntamos con preocupación al conocer las noticias en los medios de comunicación. ¿Por qué un niño de 13 años, estudiante de uno de los colegios bilingües más acreditados de Bogotá, golpea con alevosía a otro niño de su misma edad y de un colegio igual, con tanta agresividad que le causa una severa lesión cerebral? ¿Por qué un padre, en supuesto estado de embriaguez, llega a la casa donde vive su mujer, revólver en mano dispara indiscriminadamente y mata a la niña de menos de dos años? ¿Por qué un abogado conduce descontrolado por el alcohol, atropella a un grupo de personas, mata a una señora y causa daños cerebrales severas a un joven?
Estos fueron tres de los casos más publicitados en las últimas semanas, pero cada día que pasa se nos revela el incremento en las violaciones a niños (as) y mujeres; igual tendencia se ve en la frecuencia de suicidios de menores de edad y también en la prevalencia de la violencia intrafamiliar y en los accidentes de tránsito producto de la embriaguez o del influjo de sustancias psicoactivas.
Algo está funcionando mal en la sociedad, cuando no somos capaces de resolver civilizadamente nuestras diferencias y se apela a la agresión verbal o física para hacer prevalecer una posición o un criterio; o cuando se recurre a la evasión mediante el alcohol o las drogas para lograr empatía en las relaciones dentro del círculo social. Sus mezclas traen consecuencias trágicas que eventualmente perpetúan el ciclo y producen más violencia, lesiones y muertes.
Según un estudio del 2003, en Colombia, el 40 por ciento de las personas presenta algún trastorno mental a lo largo de su vida; aquellos de ansiedad son los más prevalentes y el abuso del alcohol es el problema mayor entre los hombres, mientras que en las mujeres es la depresión.
En general, las perturbaciones de ansiedad aparecen en edades más tempranas (¡antes de los 10 años!), seguidas por las relacionadas con el uso de sustancias y, por último, las alteraciones afectivas. Lo anterior, unido a la cronicidad, sugiere para los investigadores que muchas personas padecen trastornos mentales gran parte de la vida.
¿Todo esto es resultado del agite de la vida moderna y lo padecen igual en cualquier país del mundo, o existen particularidades en el caso colombiano, y parte de las explicaciones a ese diagnóstico se halla en el impacto del conflicto interno soportado durante tantos años, producto del cual no existe una sola familia en este país ajena a los embates de la violencia, del secuestro o de cualquiera de las expresiones más notorias de ese conflicto? ¿Padecemos los colombianos una especie de estrés postraumático colectivo?
¿Existe una frustración común que conduce a la ansiedad, a la agresividad y a la incapacidad de resolver las diferencias por vías pacíficas? Remito esas preguntas a los especialistas. Desde el punto de vista del Estado ha habido mora en actuar. Si hay que rescatar programas verticales de salud pública, el de salud mental es el primero. Estratégicamente orientado, debidamente financiado, masivamente ejecutado, con responsabilidades intersectoriales que comprometan, además del sector salud, a los de educación, cultura y justicia.
Por último, el sector salud debe dar ejemplo en la materia y los debates sobre su reforma son una buena oportunidad para que prime el equilibrio mental, se resuelvan las diferencias de manera tranquila y las propuestas se centren en los usuarios y en los pacientes. Ojalá se imponga la inteligencia emocional sobre las confrontaciones estériles entre enemigos imaginarios.